11 de agosto de 2017

FIESTA DE SANTA CLARA, MADRE Y HERMANA

TÚ ERES NUESTRO CUSTODIO Y DEFENSOR

En la época de santa Clara, Italia se hallaba desgarrada. El emperador Federico II había declarado la guerra al papado. En 1240, su poderoso ejército formado por alemanos y sarracenos invadió la Umbría, saquearon la ciudad de Espoleto y mataron a sus habitantes. El terror se apoderó de todas las ciudades. Las hermanas de San Damián, aisladas en su pequeño monasterio fuera de las murallas de la ciudad de Asís, temían lo peor. Clara, crucificada en el lecho de la enfermedad, conservó su confianza inquebrantable. Como pudo, se arrastró hasta el oratorio donde, por privilegio raro en la época, conservaba la presencia eucarística en una pequeña urna de plata cubierta de marfil. Allí se postró rostro en tierra, implorando el socorro de su Señor. Cuando los sarracenos asaltaron el muro de la clausura, Clara mandó que trajeran la «urna» de la santa eucaristía. Clara rezaba. Sobrecogidos de un pánico repentino e inexplicable, los sarracenos se marcharon precipitadamente (Proceso 3,18; 9,2; 13,9). La Umbría devastada queda, sin embargo, liberada de los invasores.

En la primavera de 1241, nueva amenaza para Asís. Un aventurero al servicio del emperador de Alemania, Vital de Aversa, asedió la ciudad. En su lecho de muerte, Clara invitó una vez más a sus hermanas a la oración. Ella misma acudió al oratorio a la presencia de Cristo eucarístico. ¡Siempre la misma lucha incesante entre las fuerzas de las tinieblas y las de la luz! Se postró ante el que es el vencedor del mundo y el que lo ha reconciliado todo. Y tan extrañamente como la vez anterior, tras una tentativa de salida de los asediados, los batallones alemanes huyeron (Leyenda Clara 23; Proceso 18,6).

Oración: Señor, gracias por nuestra madre y hermana santa Clara. Su vida nos recuerda que la llama del Evangelio se nutre con la llama de la adoración, del silencio y de la caridad: la caridad humilde, paciente, carente muchas veces de esplendor y de éxitos externos; la caridad que no pretende actuar por sí sola, sino en la comunión y en la santa unidad; la caridad que se abre sin temor y sin reservas al abandono confiado en tus manos, esperando contra toda esperanza humana. Haz, Señor, que aprendamos que esta caridad es la condición para que la sal y la luz del Evangelio puedan iluminar y dar sabor al corazón de los hombres y mujeres de hoy. Amén. 

PREPARACIÓN A LA FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS (III)

AMAR, AMAR MUCHO, ¡TOTALMENTE!

La «comunión» con Cristo en la eucaristía es el corazón, la cumbre de toda la vida interior de santa Clara. Aquí convergen todas sus plegarias y todas sus ofrendas, como los ríos se lanzan al océano. Por este sacramento, la presencia de Dios en el corazón del hombre alcanza, en ella, su realismo más grande: «Ama totalmente a quien totalmente se entregó por tu amor: a Aquel cuya hermosura admiran el sol y la luna, cuyos premios no tienen límite ni por su número ni por su preciosidad ni por su grandeza; a aquel -te digo- Hijo del Altísimo, dado a luz por la Virgen, la cual siguió virgen después del parto. Únete a su Madre dulcísima, que engendró un tal Hijo: los cielos no lo podían contener, y ella, sin embargo, lo llevó en el pequeño claustro de su vientre sagrado, y lo formó en su seno de doncella» (CtaCl 3,3). 

Hacer del seno de María el primer claustro del mundo es una analogía muy profunda y muy fuerte que expresa bien cómo Clara debía de acoger el cuerpo de Cristo. Como Francisco, nunca dejará de asombrarse ante tan inmenso abajamiento del amor de Dios. Que el hombre pueda convertirse en la morada de su creador, la sume en profunda admiración. Y para vivir semejante misterio, lo que se nos pide es amar, amar mucho: «Es clarísimo que, por la gracia de Dios, la más noble de sus criaturas, el alma del hombre fiel es mayor que el cielo: los cielos, con las demás criaturas, no pueden abarcar a su Creador; pero el alma fiel -y sola ella- viene a ser su morada y asiento, y se hace tal sólo en virtud de la caridad» (CtaCl 3,4). 

Oración: Jesús, amado Jesús, único camino de salvación; tú me invitas diciéndome: «Ven a mí... Aprende de mí... Hoy quiero alojarme en tu casa... Mira que estoy a la puerta y llamo»... Y, sin embargo, ¡qué poco me fío de ti! Señor, no soy digno de que entres en mi casa; pero una palabra tuya bastará para sanarme. Jesús, atráeme a ti, como atrajiste el corazón de santa Clara, y dame todo ese amor que de mí pides.

10 de agosto de 2017

PREPARACIÓN A LA FIESTA DE SANTA CLARA DE ASÍS (II)

ADORACIÓN SILENCIOSA, COMUNIÓN PROFUNDA

Clara adoraba en espíritu al que comparte con la tierra las riquezas infinitas del cielo y se digna velarse bajo tan frágiles apariencias. Pensaba en Cristo que tiene sed de darse y en los hombres hambrientos que corren hacia tantos bienes caducos, perecederos. ¡Él que es la vida! ¡Y el hombre que enferma por falta de alimento! ¡En él, el «autor de la salvación y de todos los bienes deseables»! ¡Y en el hombre que no osa ya esperar la dicha! Clara lloraba con frecuencia sobre sus bordados porque "el Amor no es amado", como hiciera también san Francisco.

Comulgaba con frecuencia, en nombre de todos los hombres, sus hermanos, en el «tesoro», del que se sabe indigna. Lo que dice de la habitación de Dios en el alma del creyente, del que hace su morada, ¡cómo lo viviría intensamente en la comunión con el cuerpo eucarístico de Cristo!: «La gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente: tú, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y la pobreza, puedes llevarlo espiritualmente, fuera de toda duda, en tu cuerpo casto y virginal; de ese modo contienes en ti a quien te contiene a ti y a los seres todos; y posees con Él el bien más seguro, en comparación con las demás posesiones, tan pasajeras de este mundo» (CtaCl 3,4).

¡Con qué fe, con qué amor, con qué humildad debió de acoger la Virgen María en su seno al Hijo de Dios! Con una audaz analogía, Clara pensaba probablemente en este misterio al recibir el cuerpo eucarístico de Cristo. De la Madre de Cristo adoptará los sentimientos y las actitudes necesarios para recibir al Señor del cielo y de la tierra.

Oración: Señor Jesús, tú me dices: «Yo soy la vida»; «el que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna». En los sacramentos me has comunicado esta vida y especialmente en la Eucaristía la alimentas haciéndote mi comida. Toma mi pobre corazón; libéralo de los bienes, placeres y vanidades de la tierra, como liberaste el de santa Clara, para que pueda amarte con todo el corazón y sobre todas las cosas, porque sólo Tú eres el bien infinito y la felicidad eterna.